sábado, noviembre 21

La Sal de la Vida son los Imprevistos...

La vida del Sr. Frederic Von Hirscht fue metódica. Desde pequeño sus padres le enseñaron a disciplinarse. Hijo de padres alemanes, el joven creció al amparo de una férrea autoridad paterna y los cuidados maternales. Siendo el primogénito de la familia, cargo sobre sí el peso de las responsabilidades del hogar tempranamente.

Aprendió desde muy chico a rezar sus oraciones antes de acostarse, de higienizar sus dientes, de lavar sus manos antes de sentarse a comer, de ordenar y acomodar su ropa, de preparar la vestimenta para el día siguiente la noche anterior, de respetar a sus mayores, y nunca contradecir a su madre ni a su padre. Todo fue cuidadosamente enseñado por la familia Von Hirscht a lo largo de los años de infancia y adolescencia de Frederic.

El niño pasaba así sus jóvenes años entre libros y enseñanzas de los preceptos religiosos y morales que la familia concienzudamente sostuvo desde tiempos inmemoriales. Sus padres siempre se jactaban en reuniones familiares y sociales, de sostener las mismas costumbres que sus ancestros en la vieja Alemania Imperial. Sus padres no dejaban la vida de Frederic librada al azar, por el contrario hasta los aspectos más nimios estaban calculados y sopesados tanto en sus efectos positivos como negativos. No deseaban sorpresas inesperadas para el descendiente.

Frederic no tuvo dificultades para integrarse a la vida social. Hizo la escuela primaria como es de suponer en un colegio alemán de la zona norte, logrando destacar por el promedio de sus notas. Primero de su clase, lo caracterizaba la pulcritud de su uniforme, la prolijidad para elaborar una caligrafía precisa, la pericia al exponer en clase sus lecciones, la asistencia perfecta a clase y el conjunto de notas brillantes obtenidas, le valieron los consabidos premios al mejor alumno y al mejor promedio escolar. Por supuesto lejos estaban los potreros de fútbol, y los juegos infantiles. Todo alrededor de Frederic giraba en torno a la educación y al aprendizaje de hábitos sociales.

Luego vinieron los años del secundario, la llegada de la adolescencia con su turbulencia y sus exigencias hormonales, destacando entonces el joven Frederic por su habilidad para las competencias deportivas como natación y el atletismo. Por supuesto que los juegos grupales no eran de su predilección, aunque probablemente hubiese deseado participar en algún encuentro de básquet o rugby, el fútbol por supuesto estaba en la línea de los juegos vulgares y el tenis, simplemente era un juego inventado por ingleses. Por otro parte, además de la destreza física, apareció en la vida del muchacho, la lectura de libros de filosofía y el aprendizaje de física, matemática y química. Así el adolescente forjaba un espíritu fuerte y noble, emparentado con los ideales de sus padres, que veían en él la manifestación de la más pura esencia de la joven Alemania.

El perfil de Frederic no varió. Prosiguió sin cuestionarse la cultura familiar. Si había algo de impensable en la vida de Frederic era precisamente hacer algo fuera de lugar, no acorde con las costumbres de su familia. A los dieciocho años ya estaba trabajando en un estudio de Arquitectura e Ingeniería de un amigo de su padre, donde comienza a comprender la importancia de la responsabilidad y el valor del trabajo. Paralelamente iniciaba sus estudios en la Universidad de Buenos Aires, en la Facultad de Ingeniería.

Los años de disciplina le sirvieron. Se levantaba a las seis de la mañana, tomaba un baño rápido, afeitaba su barba, se alisaba el cabello prolijamente con el peine. Tomaba la ropa prolijamente preparada la noche anterior y se vestía. Luego, invariablemente a las seis treinta, tomaba su desayuno, acompañado con dos tostadas, y gustaba mirar por la ventana de la cocina hacia el patio poblado de macetas con plantas y flores cultivadas por su madre. Esa costumbre la conservó a lo largo de los años y no cambió aún después de casado. A las siete de la mañana ya estaba tomando el tren.

Año tras año. Día tras día, Frederic conservó su apego al orden y a la disciplina. A pesar de llegar la etapa del noviazgo, de conocer a Helga, hija de una familia alemana allegada a su familia, eso no hizo variar ni un centímetro sus costumbres. Al igual que sus padres, él mismo se jactaba de guardar las tradiciones familiares. Poco importó entonces el noviazgo con la joven Helga. Ni el acontecimiento del matrimonio, ni el advenimiento de los hijos cambiaron su comportamiento. Fue ella la que tuvo que adaptarse a los hábitos de su esposo.

Visto desde afuera, la vida de Frederic tenía todo lo que un hombre bien intencionado desearía: prosperidad, salud, hijos, nietos, una mujer encantadora y sumisa, junto al desarrollo de una carrera profesional exitosa, puesto que finalmente había obtenido el título de Ingeniero, y había logrado posicionarse muy bien como profesional. Nada había que reprocharle a este hombre que ya contaba con sesenta y cinco años bien llevados.

Nadie entendía – o no querían entender vaya a saber – Siempre es difícil comprender determinadas situaciones, no por lo impredecibles, sino por lo incompresible. La verdad del hombre se pierde precisamente en esa trama irreconocible de hechos que nos conducen a ser lo que somos. El acecho de la desgracia siempre esta presente. No hay garantías para lo perfecto.

A veces llegados a determinada edad, las personas suelen replantearse la vida. A veces con plena conciencia e intencionalidad. Otras veces por algún motivo fortuito que desconocemos, algo destella en el horizonte hipotéticamente seguro – y ya dado por hecho – y nos sumerge en el vértigo de un remolino de aguas inquietas. Lo cierto es que nada asegura nuestra tranquilidad, aunque por un momento creemos que tenemos el control de todo lo que nos rodea.

El tema es que Frederic, ya abuelo, entrado en años, retirado de su profesión recientemente y conservando sus hábitos y costumbres, descubrió ese día algo diferente. No sabemos si fue un beso de su nieto o un abrazo. No hay certezas si fue el canto de un ruiseñor a las seis de la mañana ese día de primavera. En realidad no hay indicios. Sabemos que ocurrió algo, pero no ha dejado señales o huellas que nos permitan saber, por lo menos para la familia Von Hirscht. Ni siquiera el pasado familiar en la Alemania hitleriana trae algo que nos dé una señal de lo sucedido. El suceso se rodea de un misterio denso.

Esa mañana Frederic como de costumbre preparó el café, observó el jardín atravesado por las primeras luces matinales, abrió la ventana y dejó entrar una suave brisa de primavera. Un delicado aroma a azahares lo invadió. De pronto un brillo sobre una hoja de magnolia le llamó la atención. No era un brillo común, y eso capturó su atención. Sobre la mesada quedó la media taza de leche para entibiar, en la cafetera la medida de una taza de café bien negro y sobre un plato las tostadas e medio hacer. Antes de salir al jardín dudó. Tal vez pensó en algo. Había una diferencia nunca vista en ese brillo.

El árbol de la magnolia era alto. Ocupaba buena parte del jardín. Se colocó bajo de las ramas tratando de hallar el lugar desde donde provenía el destello misterioso. Entonces tal vez ocurrió simplemente, el relámpago. Sucesión de imágenes. Avalancha de recuerdos. Ludwig, su nieto, trepando audaz por las ramas de ese árbol hace un mes atrás. La enorme sonrisa del rapaz capturada en una fotografía hecha por Helga, era la misma imagen de la infancia y de los tiempos felices. El rostro de la felicidad – pensó -, Ludwig tiene el rostro de la felicidad.

Recordó, entonces, su infancia plagada de deberes y obligaciones, de rutinas y disciplina. Jamás había trepado a un árbol, jamás había visto una foto de él, siendo niño, riendo. Jamás tuve esa felicidad – pensó – he dejado pasar un tiempo de oro, que jamás volveré a tener. Quizá sintió que esa era la oportunidad para la revancha. Y así, sin pensarlo, movido por el impulso y el arrebato, a las seis y veinticinco de la mañana se trepó a ese árbol.

Nadie podía comprender lo que Frederic había descubierto, menos aún entender qué lo había llevado a trepar al árbol, a su edad, sobre todo él, tan ordenado y tan apegado a sus costumbres.

El funeral fue aséptico. Las flores cuidadosamente colocadas a ambos lados del ataúd. Un ramo de orquídeas en las manos, junto a un rosario con un crucifijo de plata labrada.

Las coronas debidamente acomodadas sobre las paredes y sobre los pasillos de la casa velatoria. A las catorce treinta del día siguiente, fue sepultado en el cementerio alemán, en forma prolija, sin sobresaltos, apenas un responso breve y solemne, y luego el silencio, cortado por algún gemido o un llanto entrecortado. Fue sepultado tal como había vivido, cada detalle cuidado minuciosamente, a no ser por la pincelada inesperada de su propio deceso: el día anterior, a las siete de la mañana, Helga lo halló al pie del árbol, tendido boca arriba, como un muñeco desarticulado, inerte. Su cuello estaba fracturado, pero con una sonrisa de oreja a oreja. Algo sorpresivo y fuera de lugar para la muerte del Señor Ingeniero Frederic Von Hirscht, quien descubrió, tal vez en forma tardía, que la vida tenia sabor…

fliscornio

marzo 2005

Solo es una lluvia pasajera.

No creer en lágrimas – se dijo a sí mismo. No creía sin embargo demasia-do en esa sentencia forzada de su propia conciencia. La cara desencajada de su mu-jer lo atravesaba totalmente y lo desarmaba.
- Nada de culpas – volvió a decirse. Pero tam-poco podía sostener sus decisiones cuando ella se derramaba en llanto sobre su pecho y le pedía que por favor no se fuera. Y entonces le pasaba que todo su pasado se le venía encima y el dolor se hacía interminable. Tan persis-tente que no lo aguantaba y prefería desistir.
Los dolores que lo atravesaban habían nacido hacía mucho tiempo atrás. Acaso desde el mismo momento en que decidió contraer matrimonio. Pero él no sabía el porvenir, de modo que aquellos instantes fueron tal vez de los más felices que tuvo en su vida. Incluso cuando nació su primer hijo la felicidad lo inundó de tal forma que temió ahogarse y hasta le faltó aire. A lo mejor ese fue el primer anunció de las tormentas que se avecinaban.
- Pero claro, quién tiene la vaca atada – pensó mientras ponía la tercera y luego la cuarta en plena panamericana. El auto se deslizó suavemente en quinta por la cinta asfáltica como si fuera un ave liviana y frágil. Puso música muy suave, quizá Wagner, sintiendo en su cuerpo una extraña ligereza que arrastraba sus pensamientos muy lejos.
Cuántas veces había faltado a la cita. Cuántas veces se había equivocado con ella, eludiendo sin saber los encuentros que ella propiciaba para limar las asperezas.
- Es obvio que soy un estúpido, no puedo perder a una mina como ésta, por una boludez, lo hecho echo está – Percibió la comodidad de la butaca, y se hundió más sobre ella, como si realmente el cuerpo no le pesara para nada. Él seguía volando envuelto en una paz extraña y profunda.
- ¡Por favor no me dejes, perdóname! – dijo ella con la voz entrecortada, cargada de angustia, con los ojos enrojecidos cargados de espesas lágrimas que se deslizaban sobre sus mejillas pálidas. Sintió que lo sacudió con ambas manos para hacerlo reaccionar, pero él sólo atinaba a mirarla con los ojos fijos, con la mirada clavada en algún punto del espacio.
No creía ser un hombre insensible o indiferente, pero hoy era un día extraño, distinto. Sus sentimientos estaban como adormecidos, sin embargo sentía culpa por todo lo que había pasado. Ahí estaban los dos dirimiendo el futuro de la pareja si es que había futuro para ambos, tal vez para ella, pero para él, no estaba muy seguro…
Recordó extrañamente imágenes de su infancia y de su adolescencia y eso le resultó muy raro, pero allí se veía como un purrete divertido y feliz. Veía a sus abuelos mimándolo, yendo de vacaciones al delta del Tigre, a la isla de los tíos, con sus primos y sus primas. Le resultó difícil de explicar el porqué de esas imágenes tan queribles para él. Y entonces otra vez escucho como en la lejanía la voz de ella, pidiéndole que la perdonara. – No creas en lágrimas – se dijo a si mismo nuevamente.
El día le parecía muy luminoso. La luz penetraba con fuerza a través de la ventana y ciertamente lo encandilaba, pero no molestaba a sus ojos, por el contrario el resplandor era suave.
- Quién lo iba a pensar de ella – pensó. Intentó elaborar alguna frase de compromiso, como para minimizar los hechos y no sentir la angustia que él también debía permitirse sentir por lo que había pasado. Pensó en sus viejos, qué iban a pensar de todo esto. Los imagino en la galería de la casa de San Isidro, donde también de pronto creyó ver la presencia de sus abuelos. Era tan vivaz la escena que parecía que realmente estaba allí. Vió entonces el río iluminado con sus encrespaduras, los veleritos yendo y viniendo por la costa, y más lejos casi sobre el borde del horizonte, cerca del cielo y de dios, barcos de gran calado que iban seguramente para los puertos del Brasil o de Uruguay. A él siempre le gustaba esa vista que tenía la casa de los abuelos, era realmente maravillosa.

Intentó balbucear seguramente una tontería, y tal vez por eso, se dio cuenta de que no le salía nada, a pesar de que intentó ponerle palabras a eso que sentía en su pecho, ese ardor que crecía a medida que pasaban los segundos, junto al llanto de ella que se incrementaba proporcionalmente.
No lejos, en ese mar de horas y días que es el tiempo, él creyó seguramente que la felicidad era eterna, que una vez conseguida nunca la perdería. Era, salvando las distancias, como hallar el paraíso perdido. Volver al Edén. Pero retornar a tal estado implicaba volver a la ignorancia primigenia, a la inocencia y a la ingenuidad. Significaba por otro lado perder el significado de las cosas, tal vez el valor de lo que más amaba, incluso permanecer en un estado indiferenciado de lo natural.
Es probable que los seres humanos sin saberlo hayamos quebrado el delgado hilo que nos unía a la naturaleza de la cosas, al cosmos, y entonces sin darnos cuenta, hemos extraviado la armonía y al mismo tiempo el sentido de la existencia. Ahora vivimos en las grandes concentraciones humanas una vida plagada de objetos de consumo, abalorios y trastos muchas veces inservibles que adornan nuestras vidas empequeñecidas. Sin embargo, paradójicamente, una gran cantidad de seres humanos se hunde en la más horrenda de las miserias, carencias y hambrunas, en zonas del continente africano o en las pequeñas poblaciones de centro o Sudamérica. Pero estos pensamientos en este momento para él eran una zoncera, una pequeña digresión que le permitía gambetear el malestar que le provocaba esta situación. Esta circunstancia que lo obligaba de algún modo a tomar una decisión.
Ahora ella lo miraba con sus ojos llorosos y le hablaba con desesperación. Él no la quería oír. – La naturaleza es sabia – pensó – sé que me está diciendo un montón de cosas, que me ama, que no la deje, que luche por lo que quiero, pero estoy harto de todo esto, y por suerte no la oigo ahora. Sé que está desesperada. Me da pena, pero no quiero aflojarle ahora, después me va a costar más tomar la decisión.-
Recordó, mientras el pecho se le adormecía y el dolor parecía hacerse lejano, el día que su hijo mayor se recibió de arquitecto y el día que su hija partía a Nueva York con el contrato de trabajo para una galería de arte. Había sentido cosas muy disímiles en ambas ocasiones, pero sentía claramente una sensación de orgullo muy grande por verlos tan capaces e independientes. Él había luchado por eso. Trato de darles todo el afecto y la ayuda que necesitaban. Creía que había cumplido con su parte. Así como habían cumplido sus padres y sus abuelos.
- Todo es en definitiva una extensa cadena de circunstancias, hechos y construcciones - se dijo a sí mismo – en la cual participamos, a veces en forma fortuita y muy pocas en forma deliberada. Cada uno de nosotros, hemos hecho nuestra parte, nuestro papel. Lo que esperan los demás de mí, tal vez no sea lo que he podido dar. He hecho lo que pude, aunque sea a tientas… - Lo interrumpió un sacudón de ella, que volvía a la carga ahora con una mezcla de llanto y grititos histéricos. Podía apreciar su cara ruborizada y la desesperación ante la inminencia del desenlace. Sabía que él no la escuchaba. Tardó en darse cuenta que ya no estaba a bordo del auto. Ya no se oía a Wagner y el silencio caía como un telón pesado entre él y las cosas.
Jamás lo hubiera pensado de ella, incluso evocó una escena de sus padres durante una discusión donde su padre encolerizado se fue de la casa pegando un portazo. Su madre (la recuerda como si fuera hoy) solía cerrar la acción con una frase que él recuerda perfectamente. Pero él aún tiene la vibración en su cuerpo de aquél portazo resonando en el comedor de la casa. Percibe el miedo, y los brazos de su madre rodeándolo, sosteniéndolo contra su regazo. Su madre sabía, no sabe cómo, que su padre volvería luego. Y efectivamente unas horas después, más tranquilo, con un ramo de flores silvestres que seguro habría recogido en la ribera, él retornaba. Cuando él se enojaba por algo se iba a caminar por la ribera y luego volvía, manso como el río marrón que se deslizaba allá a lo lejos entre el cielo y el infierno.
Le hubiera gustado ser río. Pero ese río no otro. Amarronado. Encrespado y tumultuoso. Melena de león sacudida al viento. Le hubiera gustado ser río para deslizarse por la vida, sobre los techos ribereños, por los malecones melancólicos del litoral. Ir y venir. Entre dos orillas hermanas. Pero también le hubiese gustado ser nube o lluvia, o chaparrón. Chubasco de verano que cae sobre las techumbres de las casitas sencillas del bajo, levantando diminutas nubes de vapor provocadas por el intenso calor del día. O también se le ocurría que podía ser llovizna de invierno, lenta y apaciguadora, de esas que obligan al dormir, al sueño de la siesta y te sumergen en el letargo de tardes anodinas y grises. Le hubiera gustado, seguramente jugar a ser otra cosa.
La imagen de su madre - ¿por qué mamá? – se preguntó, pero sin voz, mientras comenzó a sentir un sabor amargo en la boca, y la lengua empezó a secarse. Tal vez la angustia lo estaba arrinconando y ahora más que nunca tenía que tomar una decisión. Trató de cerrar los ojos y no verla más. Quiso apretar los dientes y decirle de una vez que lo dejara ir, que estaba fastidiado. Sintió que estaba enojado y que sus brazos estaban aletargados. En realidad, empezó a darse cuenta de otra cosa. Él siempre supo lo de ella, pero no quiso enterarse. Por los hijos sobre todo, pero ahora ellos ya no estaban. Los hombres son victimas de sus palabras y ellas terminan condenándolos definitivamente, y él no iba a ser la excepción. Ese día ocurrió que cayó la gota que derramo el vaso. Y no hubo forma de frenar nada. No toleró la imprudencia de ella llegando tarde y con el rouge corrido y la pintura de los ojos desaliñada. No toleró la sonrisa estúpida y la cara de sorpresa cuando lo vió - ¿Qué hacés tan temprano, saliste antes? – dijo ella, tratando de disimular una sonrisita nerviosa. Nunca pensó antes que la diferencia de edad se iba a notar tanto, pero él le llevaba casi quince años. Cuando se conocieron ninguno de los dos le dio importancia. Pero los años fueron pasando en forma irrevocable y él se volvió más viejo y torpe, y sobre todo perdió interés. Se volvió río, pero río de llanura, demasiado manso, demasiado lento, casi estancado.
Él siempre se supo un tipo controlado. Amante de la buena música, de lo mesurado y acotado. Acaso alguna vez ella lo provocó con algún desplante y él, fiel al modelo familiar, la dejó rezongar, incluso la dejó ir algunas horas, sabiendo, que volvería, como siempre había hecho su madre con su padre. La sabía apasionada, vehemente, por eso la dejaba ir a dar una vuelta por ahí. Solo le llevaba algunas horas calmar el enojo y luego volvía más tranquila e incluso rozagante. Las discusiones en las parejas traen aparejadas circunstancias, acontecimientos impredecibles que abren las puertas a otras dimensiones, y en todo caso a otro destino. Cada vínculo conyugal se teje y se desteje con infinidad de tramas. Idas y vueltas. Peleas y reconciliaciones. Siempre el escenario íntimo de las alcobas iluminó pasiones irrefrenables o selló para siempre los labios del amor con una daga hierática de indiferencia.
Fue una palabra, quizá un grito destemplado lanzado como un relámpago. Fueron dos palabras agitadas con desparpajo por ambos. Él la acuchillo con un - ¡Putaaaaa! – Y ella sin dejar el pequeño bolsito le disparo directo al corazón - ¡Cornudooo! - . Él alcanzó a mirarla casi sin pestañar y entonces sintió el dolor en el pecho. El grito del cuore que empezó a decir basta de hipocresía y mentira. No tuvo tiempo para mucho. Se desplomó sobre la alfombra que ella había comprado hacía unos años atrás. Tras él, ella se le tiró encima, desesperada, dándose cuenta que había ganado el duelo pero gritando desesperada, porque en definitiva se le iba el compañero de ruta. El cohabitante de un matrimonio fantasma. El cómplice de lo formal. Ella se dio cuenta que lo había herido de muerte. Él se dio cuenta por fin, que esta vez no iba a ser como decía su mamá, que este temporal y las nubes que venían sobre el horizonte del río, no iba a ser solo un chubasco de verano, y que esta vez su papá no iba a volver con flores silvestres…
fliscornio
2005

Ustedes

Dedicado a mis amigas y amigos.

“No sé qué opinará mi lector. No pretendo saber qué cosa es el tiempo (ni siquiera si es una “cosa”), pero adivino que el curso del tiempo y el tiempo, son un solo misterio y no dos.” J.L. Borges

Escribo, casi sin darme cuenta, tejiendo tramas que han sido tejidas a su vez por otros. Deslizando ficciones allí donde otros u otras construyeron paciente o impacientemente historias fantasmaticas, acaso ideas aproximadas a algo llamado humano.
Mis historias no son otra co sa que escenas. Postales adormiladas que todos atesoramos, pero que en nuestra precariedad mundana, olvidamos en las mesas de los bares, en los pocillos de café, o en los brazos de los amantes.
Nadie mira en los rincones de las ciudades. En las estaciones de subterráneos, a la hora del silencio, cuando se apagan las voces errantes de los pasajeros y los asientos se desnudan de cuerpos, acaso de vez en cuando de algún espíritu.
Nadie mira las cornisas de buenos aires, atiborradas de sombras, de palomas septuagena-rias. Nadie corre las cortinas ajadas de los cines después del final de cada película y entonces nadie saluda a los actores bajando del escenario, como fantasmas sin destino.
No hay quien se ocupe de los espacios vacíos o de los rincones oscuros. Todo queda olvidado hasta el día siguiente cuando las calles chillan y las luces se encienden en las marquesinas. Todos deseamos ser estrellas.

Y por ese afán de recolector, de curiosidad infinita, deslizo mis manos y mis ojos por esos huecos desiertos, abandonados, pellizcando retazos de humanidad, gestos apenas generosos que describen otra vida u otros destinos.
Todo se escribe y se inscribe incesantemente en una rueda infinita de sucesos que no dejan de producirse una y otra vez. Destinos de preguntas que siempre acuden por el mismo sendero. Preguntas que inquieren por el origen y la muerte ¿Qué hay más allá? ¿Qué nos espera fuera de este mundo empequeñecido y engreído? No hemos sido capaces en siglos de construir alguna idea o concepto más original. Avanzamos a ninguna parte. Seguimos siendo argamasa de piel y hueso. Nada hay de infinitud.
Es posible que transiten velatorios y crematorios, diciendo aquí y allá, las bondades de la otra vida, y la incógnita desvelante del regazo de un dios incognoscible y poco creíble.

¿Cómo es posible vivir con tanto horror a la muerte? ¿Cómo es posible que los seres humanos causemos tanta angustia y dolor a otros humanos? Siglos de civilización, devorados en segundos de locura y paranoia colectiva.
Y las guerras. Y las crisis. La violencia de los tiempos, de los días sangrientos ¿Bosnia, Croacia, Serbia, la ex Yugoslavia? ¿La Tormenta del Desierto? ¿Alcanzaron para detener la tragedia del World Trade Center, o las masacres en los campos de refugiados palestinos? ¿Sirvió Hiroshima? Insisto, nadie mira los despojos que deja el día en los rincones del mundo y sus ciudades.
Al mirar esos espacios quietos. Vacíos. Callados. Descubro piezas faltantes, acaso la imperfección humana. Acaso la debilidad. La fragilidad. La desesperación. Solo mariposas nocturnas sobrevolando faroles.
Muchos buscamos solo alguien que nos ame, ¿es mucho pedir? Suele quejarse alguna amiga descorazonada, angustiada y hundida en su soledad post separación.

Encuentro relatos, como un sastre encuentra retazos para rearmar viejos trajes. Parches para una vida que se devora asimisma rápidamente y que pronto culminara. ¿Qué más hay? ¿Existe algo más allá del hacer el amor? ¿Hay algún novedoso kamasutra que nos entregue alguna experiencia fascinante y vertiginosa que nos ofrezca una posibilidad diferente a la que ya hemos tenido? Asusta la respuesta a tamaño interrogante ¿Y qué si no hay nada nuevo? Qué pasa si tus ojos no son promesa de nada, ni tus cabellos ensortijados vestidos de negro no vuelan, ni tu perfume profundo no despierta más imaginación que tu espalda infinitamente delgada...

Debo inventarlos como otros... Pienso en sus historias tan reales como los personajes de novelas antiquísimas, como los Hermanos Karamazov o el Sidharta de Herman Hesse. Releo El Inmortal de J.L. Borges y me desmorono hacia el laberinto, las cámaras y las nueve puertas y los sótanos y la desesperación eterna.

Estaciones desiertas. Cavidades desoladas. Calles abarrotadas de nada. Insípido, el mundo rota a cada rato, y se lleva las veinticuatro horas, como hojas secas, como olas metálicas de edades desconocidas.
Escribir entonces es salvarlos y salvarme de la ignominia. No quiero dejarme arrastrar por el devenir cansino de los siglos hacia el olvido, ni deseo malgastar este corto y breve recorrido. No quiero sentir que la existencia fue un trámite de campo santo. Una sencilla y póstuma frase que estampe un orfebre en una lápida escuálida al final del camino.

Siento que en cada uno de ustedes, amigos y amigas mías, existe un mundo digno de contar. Una historia que debe ser descrita, pues ya está siendo escrita por ustedes. Un relato que debe amalgamarse en una apretada hilera de renglones y palabras precisas. Palabras que se construyan como monumentos a su paso por mi vida, como instantáneas obtenidas en cada relámpago de afecto, de sentimiento que inunda nuestra piel y nuestro corazón.

Sin duda que no he podido vivir sin ustedes. No de esta forma. Tal vez de otra manera, pero sin duda, esta vida que tengo, no la hubiese podido vivir sin ustedes. Están allí. Después del ruido. Después de que todos se han ido. Sus sombras, aún tibias, sus palabras y sus risas. Sus caricias. Sus abrazos. Están sobre la alfombra bordó, sobre los sillones y los almohadones. Pero fundamentalmente están inscritas sobre mi cuerpo, sobre mi piel y mis sentidos. Cada centímetro de este territorio llamado cuerpo tiene cinceladas en sus tejidos celulares minutos y segundos compartidos y vividos. Conjura contra el olvido. Artimaña humana que posibilita la trascendencia. La supervivencia de lo vívido. Ir más allá del simple recuerdo. Y cuando recuerdo efectivamente, voy más allá. Viajo en el tiempo. Pierdo el hilo de lo temporal y lo atravieso. No lo respeto. Me desnudo de relojes, me visto de desnudez simple y llana. Reencuentro cada voz. Cada gesto. Cada palabra de amor dicha en la intimidad de los encuentros. Cada beso es recuperado. Cada abrazo retoma su profundo significado. Las miradas seguirán siendo cálidas y amenas.

Leo a Borges, su cuento El Inmortal, ya mencionado anteriormente: “La muerte (o su alusión) hace preciosos y patéticos a los hombres. Éstos conmueven por su condición de fantasmas; cada acto que ejecutan puede ser último; no hay rostro que no esté por desdibujarse como el rostro de un sueño. Todo, entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable y de lo azaroso. Entre los Inmortales, en cambio, cada acto (y cada pensamiento) es el eco de otros que en el pasado lo antecedieron, sin principio visible, o el fiel presagio de otros que en el futuro lo repetirán hasta el vértigo. No hay cosa que no esté como pérdida entre infatigables espejos. Nada puede ocurrir una sola vez, nada es preciosamente precario. Lo elegíaco, lo grave, lo ceremonial, no rigen para los Inmortales”.

Así la gravedad de nuestros dramas cotidianos. La liviandad de los hechos diarios que conmutan la profundidad de la existencia y la transforman en una versión almibarada de una telenovela del corazón. El firme convencimiento de las “cosas serias” y la “vida responsable” se encaraman sobre los despojos de la vida. A veces perdemos de vista hasta las ilusiones. Inventamos la palabra Utopía para inconscientemente poner a salvo de nuestros propios olvidos y tropelías, nuestros ideales más nobles.

Escribo entonces, para no extraviarme, para no extraviarlos o extraviarlas a ustedes. Padezco de fidelidad congénita a los afectos y a los amores. La rueda gira una y otra vez. Volveremos a encontrarnos en otro giro.
Habrá tiempo entonces para reiterar amores. Decir Te Quiero. Decir Te Extraño. Habrá otro tiempo para oler como un animal en celo, tu aroma de mujer. Habrá otros tiempos para todos ustedes y para mí. Tal vez nos cueste recuperar la memoria de lo vivido. Pero allí estará. Por eso armo estos retazos, estas historias, que a modo de piezas de rompecabezas, nos recuerdan quienes somos y quienes fuimos.

Por eso observó en los rincones despojados, cuando ya no están. Levanto sus alientos, sus latidos, sacudo de los edredones sus tibiezas y las guardo en mi memoria. Por eso miro a esta ciudad en la sombra de la noche cuando pierde sus atavíos, se desnuda de formalidades, desatando el territorio de la desolación: Semáforos desamparados. Árboles inermes. Pibes fumados. Borrachos dormitando en los zaguanes. Mujeres de la calle vendiendo amores. Faroles interrogando soledades. Escaleras congeladas. Taxis llevando gente a ninguna parte. Policías custodiando los bienes de la Nada. Catedrales con horarios de visitas. Misas esperando turno. Sinagogas soñando escapar del espanto. Mezquitas procurando olvidar precisamente el pánico. Mirar el vacío que deja la marea de trastos mundanos, la impudicia de las sociedades humanas entregadas a la banalidad. Bajamar nocturna. Reflujo de desnudez. Máscaras sin brillos. Ómnibus de madrugada, exhalando sudores diarios, retratos de hombres y mujeres, lo que queda del día, el sopor del sueño o el dolor de los sueños perdidos.

Por eso escribo, para no sentir la vida sin vida. Para rescatarme y rescatarlos. Para que sus nombres efectivamente sean nombrados mientras sus corazones laten y sus axilas suden. Y sus bocas besen. Y sus cuerpos tengan sexo y por fin se bañen de amores y copulas. Escribo para no perderme y no perderlos. Para que no nos arrastre la pleamar. Ni nos cubra la marea alta de esta sociedad posmoderna tan colmada de desencanto.
Quiero construirlos como monumentos. No quiero esperar los días tristes de las despedidas funerarias. Son ustedes y soy yo, por supuesto, el cimiento de mi existencia. Los elegí y ustedes me eligieron. Soy un privilegiado. Tengo sus afectos. Tienen mis afectos. Nos compartimos. De mil maneras. Cada uno en lo suyo. Labradores. Orfebres de destino. De futuro y pasado. Presentes febrilmente luchados. Homenaje a su amistad con la que me han honrado...

Por eso escribo. Por eso vivo. Por eso existo. Por eso me enamoro. Por eso amo. Por eso grito al viento las broncas. Por eso beso sus mejillas o sus labios. Por ustedes...

“Uno no llega a ser quien es por lo que escribe, sino por lo que lee.”
Jorge Luis Borges

Y de algún modo, ustedes escriben una historia, yo simplemente la comparto, que es también una forma de leerla...

A todos Ustedes gracias...

fliscornio

Presentación


Hola Amigos y Amigas, compañeros y compañeras. Sorpresa para algunos y para otros no tanto.

El nick que me identifica es Fliscornio y la inspiración se la debo a un amigo entrañable de toda la vida, músico e instrumentista de viento, especialidad trompeta, quién me explicó el origen del nombre Fliscorno.

El Fliscorno, Fliscornio o Clarín, instrumentos de viento con boquilla semiesférica, un clarín semicircular, una de las trompas de señales europea, fue adoptado en torno a 1800 por la infantería alemana e inglesa.

Por otra parte debo a otro compañero, Marcelo, la resignificación de las siglas de mi nombre y apellido, rebautizándome como Nemo, el capitán.

De este modo descubrir mi identidad no es nada dificil: NMO.
Además arrastro desde mi escuela primaria un vínculo lejano con Marco Polo y Gengis khan, simpatía por Akira Kurosawa o Toshiro Mifune, pero casi ningún parecido con Bruce Lee, Jet Li, Tony Jaa o Jackie Chan.
Bueno, está todo dicho. Si no adivinaron, pregunten.

Gracias por visitar el sitio y dejarme compartir con ustedes un momento.

Fliscornio (también conocido como Nemo, el capitán, alias el Chino.

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